Moonlight-Capítulo 2


Estaba parado con aire de superioridad en el locker de enfrente. Miraba como si estuviera analizando a cada persona que pasaba. Sus brazos musculosos cruzados y su cabello negro peinado hacia arriba.
Como no tenía otra cosa que hacer en el recreo, me paré de la misma forma en la que él estaba: espalda apoyada en el locker y cabeza alta; y me dispuse a mirarlo. Era, quizás, el chico más lindo que había visto en mi vida, pero obviamente él no me había visto, y si lo hacía nunca se iba a fijar en mí. Así que me dediqué unos segundos a observarlo. Cada movimiento muscular, en él se hacía muy notorio. Parecía que se había matado en el gimnasio, pero no era de esos que tienen una espaldota enorme y parecen gordos.
Cambió su peso desde la pierna izquierda a la derecha en el momento que Jordan, la ya anunciada capitana de porristas, y sus clones pasaron en frente de él. Su mirada fue hacia el trasero de una de ellas, que no recuerdo su nombre. Perfecto, otro idiota superficial que le gustaban los traseros operados.
No estaba segura que el de la secuaz de Jordan estuviera operado, pero sonaba mucho mejor decir despectivamente “operado” que decir “buen trasero”. Porque odiaba a cada una de mis compañeras y odiaba tener que aceptar que sus cuerpos les daban mil vueltas al mío.
Entonces rodé los ojos, pensando en que con más razón, ese chico no se fijaría en mí ni aunque le paguen. Además, yo sería incapaz de hablarle y él no me hablaría a mí así que quedaría todo en la nada. Como siempre.
Suspiré y dirigí la mirada a mi celular. Cuando la levanté, el chico me estaba mirando, y no apartó la vista cuando yo lo miré. Siguió mirándome como si pudiera hacerlo. Es decir, no había nada malo en eso, pero me intimidaba. Y además, ya había pasado demasiado tiempo mirándome y había pasado de ser sorprendente a ser raro. Pero yo también lo estaba mirando. Como si a él no le importara, o sí, pero me daba igual. Tenía algo que me hacía mirarlo. No sabía qué era ese algo, pero no podía dejar de pensar que era hermoso. Fuera lo que fuera.
Pero me di cuenta de que era extraño, así que me di la vuelta, cerré mi locker y me fui a mi clase aunque el timbre no había sonado.
Normalmente me sentaba en el segundo pupitre en la fila del lado de la pared delante de un friki llamado Mark y detrás del novio de Jordan, Ian. No hablaba con ninguno de ellos, pero si escuchaba las conversaciones entre Ian y Jordan aunque me parecían aburridas. Se escribían textos y parecían no darse cuenta de que yo leía perfectamente cada cosa que se mandaban, aunque hubiera deseado no hacerlo siempre. Pero las clases eran aburridas y yo no tenía a un Ian para mandarme textos. Y Mark…era imposible hablar con él. La última vez que le había pedido que me alcance el lápiz que estaba en el suelo, comenzó a darme una charla de por qué ese lápiz se había caído gracias a la gravedad y esas cosas. No me importaban. No me importaba la historia de la gravedad ni me importaban los textos de los novios populares, yo sólo quería tener un amigo.
Y pareciera que Dios escuchó mis plegarias ese día.
Cuando la hora de irse llegó y yo estaba guardando cuidadosamente mis cosas en la mochila, Mark pasó apresuradamente por mi lado e hizo que mi pupitre se tambaleara y todas las cosas que allí habían, cayeran al suelo. Él ni siquiera se ofreció a ayudarme y yo maldije al Dios de los frikis, si es que había uno. Me agaché a levantarlas, luego de contar hasta diez para calmarme. En la sala quedábamos unos cuantos. Uno de ellos era Ian, el novio de Jordan.
Sentí unas manos levantando los lápices y marcadores que habían caído de mi cartuchera y me sorprendí. Ian Burnley estaba en el suelo ayudándome a levantar mis cosas. Creí que estaba soñando, o algo parecido, pero no lo estaba. Era real, aunque fuera totalmente desconcertante que el chico más popular de la escuela estuviera ayudando a una pobre antisocial.
—No tienes que hacer eso. —le dije, casi quitándole de las manos el bolígrafo que iba a levantar.
—¿Por qué no? —me dijo con ojos inocentes.
—Sé que te doy lástima. —guardé el último útil escolar en mi mochila y me levanté del suelo.
Él no contestó.
—No seas tonta. ¿No puedo simplemente ayudar a una compañera? —dijo con un poco de sarcasmo.
—¿Dónde está tu estúpida novia?
Su expresión cambió. Sabía que yo odiaba a Jordan y ella me odiaba a mí. Además, Ian fue el único que me vio salir del baño con una profesora, llorando y con una tijera en la mano el día de la pelea. Aún así nunca me dijo nada.
—Ella no está aquí.
—Entonces… ¿eres amable cuando tu novia no te ve? Buen perro.
Él rió falsamente. —¿No podrías simplemente decir “gracias”?
—¿Quieres que te agradezca? —pregunté extrañada. Mi tono defensivo se había esfumado. De verdad me sorprendía esa actitud.
—Quería ser amable contigo y demostrarte que no soy como Jordan me hace ver.
—¿Para qué?
Sé que quiso decir “porque no tienes amigos”, pero se reservó.
—Porque estás sola todo el tiempo, y quizás un poco de charla te iría bien. —sonaba dulce, pero no quería confiar en él.
Me puse mi mochila al hombro y lo miré.
—Gracias por tu ayuda, Ian.
Cuando estaba atravesando la puerta, oí que me decía: —Adiós, Blair.
¿Ian sabía mi nombre? ¿Desde cuándo?
Me di cuenta que Jordan se había enojado cuando al salir de la sala, me miró mal y luego entró con prisa. Supuse que los gritos eran para Ian. Pero no me importó, porque él me había hablado a mí.
Esa era una de las otras razones por las que no hablaba con nadie. Porque siempre todo era un problema y me gustaba evitar los problemas.
Así que intenté ignorar a las chicas que comenzaron a caminar detrás de mí. Al principio, pensé que era sólo coincidencia, pero cuando caminé hacia el estacionamiento y vi que ellas me seguían a cada paso que yo daba, comencé a preocuparme. ¿Quiénes eran y qué querían de mí?
Una de ellas, la rubia de ojos celestes, se colocó en frente mío.
—¿Hola? —dije, extrañada.
—¿Eres la novia de Ian Burnley? —dijo con un toque de frialdad.
Yo arqueé una ceja. —No.
Su expresión se suavizó y en la comisura de sus labios se asomó una pequeña sonrisa. La otra, una chica de ojos verdes y cabello castaño, se colocó a su lado con una sonrisa más amplia.
—¿Son nuevas o qué? —les pregunté cruelmente, ya que me parecía raro que me siguieran.
—En realidad, sí. —dijo la de ojos verdes. —Pensamos que eras la novia de Ian.
—En ese caso, no. No lo soy y no pienso serlo nunca. —amagué con alejarme de ellas.
—Soy April. —dijo la rubia. —Y ella es mi nueva amiga, Sophie. —agregó, señalando a la otra, que sonrió.
—¿Nueva amiga? Parecen hermanas.
—Yo vengo de Londres. —explicó Sophie. —Y ella de…—miró interrogativa a April.
—Nueva Zelanda. —completó ella.
—Eso. —sonrió. —No conocía a nadie y creí que podía hacerme amiga de la otra nueva. Y funcionó. —rió. —Nos conocemos hace dos semanas.
Asentí con la cabeza. No me importaba.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó April.
—Blair. —contesté, por primera vez con una sonrisa. Nadie nunca se había interesado en mi nombre.
—Tienes lindo cabello, Blair. —me dijo Sophie.
—Gracias. —mis mejillas se enrojecieron. No lo sabía. —Tú también.
Ella sólo sonrió.
—¿Quieres venir a la heladería con nosotras?
Nunca nadie me había invitado a tomar un helado. Amaba el helado, pero siempre lo tomaba sola.
—Claro. —dije con felicidad.
Y caminamos hasta una que quedaba cerca de la escuela. Las muchachas eran muy simpáticas, y en pocos minutos comenzaba a sentirme bien con ellas. No podía creer que yo estaba sociabilizando con alguien, pero así era. Estaba haciendo amigos, por más raro que sonase.
—Entonces… ¿no eres la novia de Ian? —me preguntó April por milésima vez.
—No. —reí. —¿Por qué? ¿Te gusta?
Ella abrió sus ojos azules como platos. —¿Se nota mucho?
Sophie y yo soltamos una carcajada. —No, para nada. —sonreí.
—Pero Ian tiene novia…lo he escuchado.
—Sí. Jordan.
—¡¿Jordan?! —exclamaron ambas.
—Sí, ¿por qué? ¿La conocen?
—Um…si. —admitió April. —Fue la primera en hablarme en la escuela. Pensé que podía considerarla como una amiga, pero ahora…no.
—¿Por qué no? —reí. —Ella está con él hace tiempo.
—Es que…—comenzó a decir Sophie.
—¡Sophie, no! —la calló April. Luego me miró, y agregó. —Ella lo está engañando.
Casi escupo mi helado. —¿Con quién? —casi grité. Siempre supe que Jordan era una perra.
—Mi…mi hermano. —dijo April por lo bajo. Luego sonrió. —Es decir, él me contó que la besó unas cuantas veces, no es que sean novios ni nada, pero…es decir…llegamos hace tres semanas.
—¿Me estás diciendo que…—mi cerebro estaba procesando la información. Luego una carcajada salió de mi boca, empezando con una sonrisa malvada y luego se asomó como si la estuviera escupiendo.
Jordan estaba engañando a Ian Burnley. Ian Burnley era el engañado. Reí tanto que las costillas comenzaron a dolerme, y April me miraba con ojos llorosos.
—Yo no le haría eso a Ian…—suspiró.
Sophie rió y yo la seguí.
No sé si reí por la noticia que acababa de saber, o porque estaba tan feliz de por fin conseguir amigas que no podía evitarlo.
Mi teléfono sonó. Era un mensaje de mi hermano, preguntándome dónde estaba. Me había olvidado que estaban esperándome. Estaba anocheciendo, y no había tomado mi pastilla.
—Em…debo irme. —dije, guardando mi celular en el bolsillo trasero de mi jean. —Gracias…gracias por todo. —sonreí.
—¿Quieres que te acompañemos?
—Oh, no es necesario. Las veré mañana…—interrumpí la frase cuando El chico entró a la heladería. Llevaba los mismos jeans desgastados que había usado en la escuela, pero había cambiado su sweater por uno rojo, y su pelo estaba despelotado, como si acabara de levantarse. Sonreí al ver que, sí, era el chico más lindo que había visto.
Las muchachas se voltearon sin disimular, y él se dio cuenta. Las saludó con la mano, a lo que ellas respondieron confusas.
—¿Quién es? —me preguntó April.
—No lo sé. —confesé. —Es lindo.
—Va a nuestra escuela. —susurró Sophie. —Lo he visto en los pasillos.
—Lo sé. —dije en el mismo tono, mientras él pedía un helado.
April levantó las cejas cuando el chico pasó a mi lado y me miró de arriba abajo.
—¡Le gustas! —exclamó.
—¡Claro que no! —le contesté, deseando que April estuviera en lo cierto. —Me mira porque piensa que soy rara porque me quedé mirándole en el pasillo.
Sophie se rió. —¿Sabes su nombre? —dijo, caminando.
—No, y no quiero saberlo. No se les ocurra preguntarles.
Ambas se miraron con complicidad.
— ¡No! —dije, mientras ellas reían y luego nos dividimos cada una por caminos distintos para ir a casa.
¿En verdad había hecho amigas? ¡En verdad había hecho amigas!
Ese día, caminé a casa más feliz que nunca, porque finalmente, mi vida comenzaba a ser un poquito más interesante.

3 comentarios:

  1. Anónimo21.10.14

    me esta encantando encerio :)

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  2. Anónimo12.12.14

    sigue subiendo capitulos

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  3. me atrapaste con la historia...segui subiendo!

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